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Cuentos
de Maquila...
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Por
Enrique Yescas
Con dedicatoria a quienes menciono.
Querían venir a México pero no se
sentían seguros. Industriales norteamericanos
deseaban aprovechar los beneficios que el gobierno
mexicano otorgaba a la industria maquiladora en
la frontera con Estados Unidos, pero se resistían
a venir desde Nueva York o de las concentradas
ciudades del Este de los Estados Unidos, a una
frontera lejana a su civilización. Les
convenía el diferencial en el |
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precio
que la mano de obra mexicana ofrecía respecto
a la misma estadounidense.
La maquila norteamericana estaba llegando a la
frontera mexicana bajo esquemas difíciles
de explicar, unos eran incrédulos y otros
trabajaban con mucha incertidumbre. Todos los
que llegaban venían a probar. Querían
solamente medir el riesgo.
Así llegaron .... hace más de 25
años industrias de renombre como Samsonite
que para conservar el prestigio de la marca original
evitaban mencionar que el producto estaba ensamblado
en México. Años después,
Samsonite luego de sus éxitos con artículos
manufacturados en México habría
de crear una línea de productos con el
nombre Sonora.
Nogales era una calle, su movimiento era de paso.
En ese tiempo la industria manufacturera se estableció
en donde pudo. Cuanta casa vieja disponible o
abandonada, podría convertirse en maquiladora.
Era el principio de los setentas.
Buscando fórmulas internacionales
Nombres de aquel tiempo flotan rimbombantes en
la industria sonorense de hoy. Entonces eran pioneros
que probaron y fueron descubriendo fórmulas
exitosas. Unas para mejorar las líneas
de ensamble diseñadas por los norteamericanos,
otras aportando nuevas fórmulas para simplificar
los riesgos internacionales en el ámbito
jurídico y fiscal.
Aquellos pioneros buscaron la manera de entrar
seguros a territorio mexicano y lo hicieron bien
y poco a poco fortalecieron sus conceptos. Así
llegó Dick Campbell asesorado por Arthur
DLittle, empresa consultora internacional
y en su responsabilidad contable y fiscal Gustavo
Rigoli, un descendiente de italianos que había
vivido en Cananea y tenía la confianza
de los inversionistas de Nueva York.
Una empresa en México y una en Estados
Unidos con los mismos socios fue la solución
sana para no crear un abismo entre proveedor y
cliente, entre maquilero y maquilador.
El ensamble, armado de productos por manos mexicanas
era el objetivo pero habiendo inversionistas,
recursos, facilidades de terreno y necesidad de
establecimientos formales, poco a poco fue tomando
forma una gran sombrilla bajo la cual se protegieron
inversiones, se evitaron riesgos y se obtuvo como
resultado una sana operación manufacturera
en la que los mexicanos tenían todas las
responsabilidades de este lado, los norteamericanos
suministraban todo para producir, incluyendo el
capital para construir edificios y fortalecer
el patrimonio de la empresa mexicana que daba
albergue a esta creciente y rentable industria
fronteriza.
Gustavo Rigoli en Nogales, Gustavo Terán
en Agua Prieta, después Luis Felipe Seldner
modificando formatos y evolucionando el Shelter
para una industria maquiladora que conocía
desde los pisos y líneas de producción
y Luis Alfonso Lugo desde estudiante como vínculo
del gobierno estatal, que como facilitador participaba
casi como parte de los proyectos. Otros nombres
como Irineo Campa Robles en San Luis Río
Colorado y Dwyne Boyett en Phoenix, Carlos López
Cañedo se fueron sumando a la lista.
Sonitrones y Collectron constituyeron una mancuerna
de empresas en ambos lados de la frontera que
abrieron caminos y crearon fórmulas jurídicas,
fiscales, laborales y de comercio internacional
que treinta años después siguen
probando su buen diseño y se siguen actualizando
a la par que las reglas internacionales y las
fórmulas de producir buscando la eficiencia
y los bajos costos.
El Shelter, la sombra protectora
Poco a poco llegaban más empresas a Nogales,
buscaban oportunidades y les acomodaba que alguien
más se encargara del paperwork.
Ese papeleo no era sencillo, además eran
necesarios un amigable carácter, una elasticidad
a la rigidez regulatoria, talento y creatividad
para ajustar y adaptar. Cada caso era diferente.
Los primeros forasteros se habían acomodado
en los edificios vacíos y en cuanto lugar
grande les quedaba. Lo llenaban con equipo de
segunda, ya pagado fiscalmente en Estados Unidos,
para no correr riesgos en México.
Aquella empresa que llegó entre las primeras
estaba exitosa pero no tenía interés
en compartir su proyecto en el cual con recursos
propios había creado otra empresa proveedora
de servicios, incluyendo el financiamiento, construcción
y posterior arrendamiento de su espacio de operaciones,
la nave. Luego de cumplir su ciclo, pensaba en
volver a Estados Unidos, irse de Nogales. Ahí
se lanzó Rigoli por su cuenta, buscó
relaciones con los propietarios de terrenos, estableció
alianzas con inversionistas extranjeros, hizo
gestiones en los gobiernos mexicano y norteamericano
y estatales de Sonora y Arizona y configuró
lo que ahora conocemos como Shelter Plan.
Parques Industriales
La palabra llenaba la boca de políticos,
catedráticos, empresarios de talla mundial.
Parques Industriales era más una visión
de lo que quisieran lograr, cada quien se lo imaginaba
a su manera. Había quienes lo dibujaban
supersónico, otros, los más creativos,
lo dibujaban como un edén. Nadie los conocía
en realidad aún no existían. Apenas
se configuraban sus cimientos, sus planes, su
visión. La palabra global no
aplicaba para nada. La trascendencia económica
de los países apenas lograba interesar
al vecino más cercano. Esta era una oportunidad
para México. Seguíamos en el principio
de los años setenta. Los que ahora en el
2004 deciden el destino industrial de Sonora,
iban saliendo de la escuela.
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| El
autor de este artículo, se
iniciaba en 1970 en el terreno de
comunicación y promoción.
Estudiaba en la facultad de Ciencias
Químicas de la UniSon de
donde salían entonces las
primeras generaciones de Ingenieros
Industriales Administradores. |
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