EDICIÓN ABRIL 2005
 
Cuentos de Maquila...
 
Por Enrique Yescas

Con dedicatoria a quienes menciono.

Querían venir a México pero no se sentían seguros. Industriales norteamericanos deseaban aprovechar los beneficios que el gobierno mexicano otorgaba a la industria maquiladora en la frontera con Estados Unidos, pero se resistían a venir desde Nueva York o de las concentradas ciudades del Este de los Estados Unidos, a una frontera lejana a su civilización. Les convenía el diferencial en el
 

precio que la mano de obra mexicana ofrecía respecto a la misma estadounidense.

La maquila norteamericana estaba llegando a la frontera mexicana bajo esquemas difíciles de explicar, unos eran incrédulos y otros trabajaban con mucha incertidumbre. Todos los que llegaban venían a probar. Querían solamente medir el riesgo.

Así llegaron .... hace más de 25 años industrias de renombre como Samsonite que para conservar el prestigio de la marca original evitaban mencionar que el producto estaba ensamblado en México. Años después, Samsonite luego de sus éxitos con artículos manufacturados en México habría de crear una línea de productos con el nombre Sonora.

Nogales era una calle, su movimiento era de paso. En ese tiempo la industria manufacturera se estableció en donde pudo. Cuanta casa vieja disponible o abandonada, podría convertirse en maquiladora. Era el principio de los setentas.

Buscando fórmulas internacionales

Nombres de aquel tiempo flotan rimbombantes en la industria sonorense de hoy. Entonces eran pioneros que probaron y fueron descubriendo fórmulas exitosas. Unas para mejorar las líneas de ensamble diseñadas por los norteamericanos, otras aportando nuevas fórmulas para simplificar los riesgos internacionales en el ámbito jurídico y fiscal.

Aquellos pioneros buscaron la manera de entrar seguros a territorio mexicano y lo hicieron bien y poco a poco fortalecieron sus conceptos. Así llegó Dick Campbell asesorado por Arthur D’Little, empresa consultora internacional y en su responsabilidad contable y fiscal Gustavo Rigoli, un descendiente de italianos que había vivido en Cananea y tenía la confianza de los inversionistas de Nueva York.

Una empresa en México y una en Estados Unidos con los mismos socios fue la solución sana para no crear un abismo entre proveedor y cliente, entre maquilero y maquilador.

El ensamble, armado de productos por manos mexicanas era el objetivo pero habiendo inversionistas, recursos, facilidades de terreno y necesidad de establecimientos formales, poco a poco fue tomando forma una gran sombrilla bajo la cual se protegieron inversiones, se evitaron riesgos y se obtuvo como resultado una sana operación manufacturera en la que los mexicanos tenían todas las responsabilidades de este lado, los norteamericanos suministraban todo para producir, incluyendo el capital para construir edificios y fortalecer el patrimonio de la empresa mexicana que daba albergue a esta creciente y rentable industria fronteriza.

Gustavo Rigoli en Nogales, Gustavo Terán en Agua Prieta, después Luis Felipe Seldner modificando formatos y evolucionando el Shelter para una industria maquiladora que conocía desde los pisos y líneas de producción y Luis Alfonso Lugo desde estudiante como vínculo del gobierno estatal, que como facilitador participaba casi como parte de los proyectos. Otros nombres como Irineo Campa Robles en San Luis Río Colorado y Dwyne Boyett en Phoenix, Carlos López Cañedo se fueron sumando a la lista.

Sonitrones y Collectron constituyeron una mancuerna de empresas en ambos lados de la frontera que abrieron caminos y crearon fórmulas jurídicas, fiscales, laborales y de comercio internacional que treinta años después siguen probando su buen diseño y se siguen actualizando a la par que las reglas internacionales y las fórmulas de producir buscando la eficiencia y los bajos costos.

El Shelter, la “sombra protectora”


Poco a poco llegaban más empresas a Nogales, buscaban oportunidades y les acomodaba que alguien más se encargara del “paperwork”. Ese papeleo no era sencillo, además eran necesarios un amigable carácter, una elasticidad a la rigidez regulatoria, talento y creatividad para ajustar y adaptar. Cada caso era diferente.

Los primeros forasteros se habían acomodado en los edificios vacíos y en cuanto lugar grande les quedaba. Lo llenaban con equipo de segunda, ya pagado fiscalmente en Estados Unidos, para no correr riesgos en México.

Aquella empresa que llegó entre las primeras estaba exitosa pero no tenía interés en compartir su proyecto en el cual con recursos propios había creado otra empresa proveedora de servicios, incluyendo el financiamiento, construcción y posterior arrendamiento de su espacio de operaciones, la nave. Luego de cumplir su ciclo, pensaba en volver a Estados Unidos, irse de Nogales. Ahí se lanzó Rigoli por su cuenta, buscó relaciones con los propietarios de terrenos, estableció alianzas con inversionistas extranjeros, hizo gestiones en los gobiernos mexicano y norteamericano y estatales de Sonora y Arizona y configuró lo que ahora conocemos como “Shelter Plan”.

Parques Industriales

La palabra llenaba la boca de políticos, catedráticos, empresarios de talla mundial. Parques Industriales era más una visión de lo que quisieran lograr, cada quien se lo imaginaba a su manera. Había quienes lo dibujaban supersónico, otros, los más creativos, lo dibujaban como un edén. Nadie los conocía… en realidad aún no existían. Apenas se configuraban sus cimientos, sus planes, su visión. La palabra “global” no aplicaba para nada. La trascendencia económica de los países apenas lograba interesar al vecino más cercano. Esta era una oportunidad para México. Seguíamos en el principio de los años setenta. Los que ahora en el 2004 deciden el destino industrial de Sonora, iban saliendo de la escuela.
 

El autor de este artículo, se iniciaba en 1970 en el terreno de comunicación y promoción. Estudiaba en la facultad de Ciencias Químicas de la UniSon de donde salían entonces las primeras generaciones de Ingenieros Industriales Administradores.
 
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